Tomar la decisión de ser profesora desde hace más de diez años me ha merecido todo mi respeto, tiempo, preparación, crecimiento comunicativo, social, emocional, político, de liderazgo, creativo, creo que muy completa en todos los sentidos; en mi retorno al trabajo del aula y como licenciada en educación primaria me di cuenta que la verdadera escuela estaba fuera de las cuatro paredes de la normal y que la orientación de los libros no habían alcanzado a plasmar lo que en todo este tiempo me habría tocado vivir.
Hasta ese momento como profesionista recién egresada lo más difícil que me había tocado apreciar eran los sinodales de la titulación, con gran decepción mi trabajo no era el reflejo de lo que hizo decidirme por ella, eso era bastante decepcionante porque ésta vez me sentía más segura por el título que antecedía a mi nombre, pero insegura al iniciar el trabajo del aula, me daba miedo escuchar a mis alumnos nombrarme maestra, me hacían sentir un respeto inmerecido que estaba intentando consolidar.
Como docente me sentía en la obligación de enfrentar los retos que mi trabajo me involucraba y esto incluía la manera despectiva en que me veían mis compañeros de más años de experiencia, el autoritarismo de la directora del plantel al juzgarme como “inexperta” y por lo tanto incapaz de hacer algo bien, por lo que me colocaba en una posición vulnerable para “aprender”, eso sin contar con las preguntas de mis alumnos que me situaban en una posición incómoda por no tener las respuestas inmediatas y me obligaba a sacar una respuesta de la manga pues no les iba a dar el gusto de evidenciar mi ignorancia.
Aunado a ello otra de las situaciones a las que me enfrenté fue a alumnos poco participativos, apáticos a aprender, que hacían poco por crecer como seres humanos y eso me frustraba, lo cierto era que tenía claro que esto era lo que me gustaba y que establecer la diferencia me comprometía a mantener mi responsabilidad y ser como “la piedra del zapato”, sabía que no debía dejar de insistir. Estaba convencida que si cada uno de nosotros cumplimos con lo que tenemos que hacer en éste sentido revaloraríamos nuestra profesión aunque esto implicara enfrentarme al monstruo de la evaluación externa donde a cada paso que daba me hacían darme cuenta qué me faltó hacer.
Entre las satisfacciones que me he permitido disfrutar se encuentran: mi ingreso a carrera magisterial y haber apoyado a otros compañeros a conseguirlo, llevar a concursar a nivel estatal un alumno de sexto grado de una escuela multigrado, gestionar recursos para las escuelas, promover a través de conferencias con especialistas ambientes colaborativos, de solidaridad, informativos, tecnológicos, de valores, organizar eventos artísticos masivos en algunas localidades entre otros.
Superar mis miedos no ha sido nada fácil, corregir mis errores y dejar lo positivo de cada experiencia me ha permitido vivir mi realidad y dejar a un lado las apariencias; es decir, me siento segura de lo que espero de cada grupo escolar, lo que puedo hacer o debo evitar, de compartir lo que pienso, de modificar los ambientes áulicos, de practicar nuevas maneras de dirigir las actividades comunes. El tiempo ha sido mi mejor aliado así como la constancia y el utilizar mis debilidades para proponerme el reto de superarlos.
Sin embargo, desde el punto de vista profesional no todo ha sido fácil pues me he tenido que enfrentar a una carencia de significado al trabajar con competencias básicas con mis alumnos y que inexplicablemente no trascienden del aula, no impactan , estas autoevaluaciones me hacen darme cuenta que me faltó hacer algo, que me perdí en algún momento y a veces me sitúa donde me dejé contagiar por el desinterés y la apatía de mi gente. En cuanto a la enseñanza puedo decir que es como la moneda con sus dos caras: el de la responsabilidad y las satisfacciones, donde el valor que aprecio más a veces es relativo aunque es indudable que rescato esos pequeños pasitos que dan mis alumnos.
En este sentido hay un dicho muy popular que dice que nadie experimenta en cabeza ajena, el recorrido que sigamos en nuestro trabajo solo dependerá de nuestro valor al enfrentarnos a mejorar nuestras debilidades, necesitamos estar en un ambiente que nos de apertura a expresarnos con libertad, sin reprimendas, reservas o burlas y no es que haya palabras mágicas, más bien son los reforzamientos positivos que empleamos como: un aplauso, una palmada en la espalda, un abrazo, una felicitación oral o escrita, un te quiero, etc.
Además de las satisfacciones y dificultades que pude mencionar anteriormente puedo decir que he tenido insatisfacciones entre las que resaltan: el poco impacto en cuanto a la falta de apoyo del padre de familia por su situación laboral, el desinterés al compromiso de la educación, la ignorancia en que viven, la apatía por hacer el intento de mejorar, la falta de valores, etc., esto sin contar que en algunas localidades utilizan a la escuela como un medio para adquirir un ingreso federal o municipal como lo es progresa y otros apoyos y por ende la falta de interés en los alumnos que se hace evidente como resultado.
Y no sólo eso también debo reconocer mi ignorancia en aspectos metodológicos, el uso de las tecnologías de información y comunicación, mi conocimiento austero del plan de estudios, mi falta de constancia en la planeación, a veces el tener claro lo que quiero hacer pero no saber cómo hacerlo o simplemente enfrentarme a la ideología de los padres de familia y el perder de vista que mi trabajo consiste en estar al servicio del aprendizaje de mis alumnos.
No ha sido nada fácil esta autoevaluación y quizás dejé de lado muchas cosas pero los invito asesora, compañeros a ser participes en ésta mi confrontación con la docencia.